Recuerdos de un montañero
El Conde irlandés Henry Patrick Marie Russell-Killough (1834-1909) es para muchos el padre del Pirineismo. De padre irlandés y madre francesa, fue uno de los fundadores del Club Alpino Francés.
Viaja al Pirineo por primera vez en 1858 tras haber realizado numerosas y revolucionarias expediciones al extranjero (travesía de Siberia, crucero por el Cabo de Hornos, viajes al Himalaya....), y donde volverá 3 años después, en el que será uno de los años más significativos de su vida personal y alpinística.
Esto fue debido al "flechazo" surgido entre el montañero y el Vignemale, uno de los macizos más emblemáticos del Pirineo. Recorre todos los macizos desde el Carlit al Bisaurín, realizando actividad alpinística en invierno, lo que para la época constituía una auténtica revolución.
Casi 20 años después de su primera ascensión regresa al Vignemale con el absoluto convencimiento de establecer su residencia habitual en ella. En 1881 abre la primera de las grutas que haría construir. En 1889 logra comprar su montaña por 1 franco al año, durante 99 años. El 5 de Agosto de 1909 fallece en Biarritz, dejando todo su legado al Club Alpino Francés.
Este libro editado en 1878, del cual ésta es su primera edición en castellano -con magistral traducción de María Isabel Bescós Cabrero, llena de evocador sabor arcaico y finisecular-, reune sus memorias como Pirineista, escritas de una manera excepcional, con un estilo más propio de los grandes maestros clásicos del Romanticismo europeo que de una persona que escribe sin ser éste su oficio; un estilo que nos hace soñar y sentir como nuestra una vida y una filosofía intensa, adelantada a su tiempo, libre y ética, en un mundo por descubrir lleno de posibilidades. Así define Russell el estado de su espíritu cuando decide irse a los Pirineos:
"Tenía la nostalgia de los mares y de los desiertos, de los cedros y de las palmeras, de las estepas de Mongolia y de los trópicos. ¿Qué puede significar, para los que han escuchado el viento y las tormentas en las montañas y los bosques de América y Asia, el vulgar y monótono ruido de las pesadas carrozas que conducen los hombres entre la niebla de las capitales, con sus lujos, sus vicios y sus problemas? Me parecía volver a ver las soporíferas llanuras de la India y los impresionantes montes que defienden la cuna de sus ríos, Siberia con sus dos mil leguas de nieve y abetos, y el glacial Gobi, cuyos horribles desiertos, con su miseria infinita, sin embargo, ¡habían hecho vibrar mi corazón de 25 años!".
Una obra maestra de la Literatura, por primera vez en nuestra lengua, que nos presenta un espíritu verdaderamente libre: el Conde Russell:
"Estaba en el centro de la región más polar de los Pirineos. En pleno verano reina una especie de terror, incluso en el aire. No se oye nada, y los buitres colgados sobre las rocas apagadas y malditas, parecen desolados de vivir. Una inmovilidad cadavérica se extiende por todo.............tuve una idea repentina y muy original, que me pareció soberbia: la de bajar todo recto, por un resbaladero vertiginoso.......la pendiente era de por lo menos 70º, quizá de 80º. Pero estaba fascinado por el abismo. A fuerza de reflexionar y de dudar, no lo veía más claro, era irresistible, y salté de manera mecánica. Permaneciendo sentado, (cualquier otra postura hubiera sido un suicidio), me lancé.....La travesía de la isla de hielo me pareció un relámpago. Todo iba bien. Era encantador. Mi deslizamiento fue más una caída, pues en varios segundos bajé 200 metros, con sensaciones tan dulces, tan deliciosas y tan nuevas, que me quedé desolado al parar. Había probado el placer de volar; envidio desde entonces la felicidad de los pájaros." (1863, ascensión en solitario de la Norte del Perdiguero, caída voluntaria de 300 metros desde la cima por un corredor).
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